martes, 11 de noviembre de 2014

ESCULTURA FUNERARIA (VII)

Sepulcro de doña Beatriz de Portugal reina de Castilla.
Convento del "Sancti Spiritus" (Toro, Zamora).
II. El arca.


A mediados del siglo XIII la legislación dominica y las Constituciones de las monjas dispusieron que en el interior de los templos debía existir una separación física entre los fieles y los religiosos. En el convento de Sancti Spiritus existe un coro situado a los pies del templo separado de la nave de la iglesia por un muro con dos vanos cerrados por rejas de forja en su parte baja y entre ellos un pequeño retablo con dos nichos en el centro. En mitad del coro están en fila tres sepulcros importantes en la historia del convento. El más cercano a la sillería del coro es el de la fundadora doña Teresa Gil, una tumba lisa de piedra mollar; en el centro, en el suelo en un rectángulo de azulejos, el sepulcro de la infanta Urraca (de Priora Leonor) de Castilla, y a pocos metros, y ya más cerca del altar, el mausoleo con la escultura yacente y lápida de doña Beatriz de Portugal.
El arca del sepulcro presenta en uno de sus lados la efigie funeraria de doña Beatriz ataviada con el hábito dominicano, muy probablemente tal como fue inhumada, pero tocada con la corona real. Su imagen ocupa la mayor parte de una de las paredes laterales del cuerpo del sepulcro, enmarcada por tres de sus lados, con una moldura adornada por abigarrada vegetación. La presencia de la doble efigie funeraria -como reina y como monja dominica-, alude a la evolución de su biografía; en el caso de esta última representación su apariencia presenta un cierto aspecto de laude o  lápida sepulcral. La repetición de la difunta en su doble condición, real y monacal, no fue muy habitual en España si bien anterior es el caso del enterramiento de Elisenda de Moncada (m. 1358) reina y fundadora del monasterio de Pedralbes.
Doña Beatriz nunca fue monja profesa aunque sí construyó junto al monasterio unas edificaciones donde tenía sus "quartos" con su huerta y su pozo llamado "Palacio de la Reina". Rafael de Floranes en el siglo XVIII recogió en sus "Memorias de Toro" algunas tradiciones relativas a su vida en el convento como que "acompañada de sus damas asistían todas con velo negro al coro"; se dice que se dedicaba a "ocupaciones manuales y alternaban estas con los ejercicios de piedad, muy semejantes a los que la regla imponía a las conventuales" según escribe Pérez Mesuro.
Tras la muerte de su marido Juan I de Castilla, algunos años de su vida los pasó en forma itinerante entre las posesiones que la pertenecían. Fueron sus últimos años los que pasó en el convento de Sancti Spiritus; cerca de su muerte, en 1418, escribió al Papa Martín V pidiendo para ella y para sus familiares domésticos libertad para recibir sepultura sin que influyesen posibles entredichos, así como que su capellán pudiera celebrar misas y rezar el oficio divino en cualquier lugar donde la reina tuviese su casa, "incluso si está en el interior de una clausura", y solicitaba que pudiese recibir la absolución "in articulo mortis" y licencia para elegir confesor, según cuenta Cesar Olivera siguiendo la traducción de la súplica que envió Beatriz a Martin V.
A los pies de doña Beatriz, en una hornacina junto a un pequeño pináculo, figura una imagen de Santo Domingo de Guzmán. Nacido en el pueblecito de Caleruega (Burgos), falleció en 1221 y fue canonizado en 1234; en 1216 había fundado la Orden de Frailes Predicadores. La iconografía más habitual le presenta vistiendo el hábito de la Orden con una vara de lirios en una de sus manos y en la otra un libro, que suele interpretarse como símbolo de la importancia que a lo largo de su vida el santo concedió al estudio o que para otros representa la Biblia; en el caso de Toro el escultor del sepulcro sustituyó el tallo de lirios por una rama de vid.
Cecilia Romana, que había conocido en persona a Domingo Guzmán, le describió de esta forma en su "Relación de los milagros obrados por Santo Domingo en Roma": "Domingo era así: mediana estatura, delgado de cuerpo,, rostro hermoso, un tanto bermejo, cabellos y barba suavemente rubios, ojos bellos. ... Siempre estaba con semblante alborozado y risueño, a no ser cuando se encontraba afectado por la compasión de alguna pena del prójimo. Tenía largas y elegantes manos...". En el sepulcro toresano a los pies del santo figura un pequeño barril evocador del milagro de la multiplicación del vino que según la tradición vivió su madre Juana de Aza quien distribuía a pobres y peregrinos un vino que su marido guardaba para las grandes ocasiones. Cuando se visita actualmente el monasterio de Caleruega se recorre la bodega, y la guía aún explica que según la leyenda al llegar un día a su casa Félix de Guzmán con unos invitados relevantes encargó a su mujer que bajase a por algo de ese vino especial que allí conservaba, y que cuando Juana descendió  temerosa a la bodega  comprobó que la barrica que acababa de vaciar para saciar la sed de los menesterosos volvía a estar llena del buen vino.
En las esquinas del mausoleo figuran cuatro pilastras con hornacinas en seis de las cuales se encuentran ángeles con filacterias en sus manos. En la hornacina situada junto a Santo Domingo de Guzmán, decorada con flores y motivos geométricos y bajo arquillos angrelados, se halla un arcángel -entre la multitud de ángeles eran los únicos no anónimos-,  identificado por las palabras "Arcangelus Gabriel" grabadas en la cinta que lleva entre sus manos.
En la hornacina del otro pilar de esta cara del cuerpo del sepulcro aparece también un ángel con traje talar pero con la filacteria que sostiene sin esculpir. Para Louis Réau puesto que los ángeles "irradian luz divina y que su pureza es inmaculada, el arte cristiano primitivo los representa vestidos con una larga túnica blanca... El arte bizantino, ..., se complace en revestir a los ángeles de ropas fastuosas que eran de rigor en las ceremonias de corte imperial. ... pero a partir del siglo XIII, por la influencia del drama litúrgico o auto sacramental, en el cual el papel de los ángeles era representado por diáconos, se extendió la costumbre de conferirles vestiduras sacerdotales que reemplazaron el traje de corte bizantina".
El lateral del sarcófago situado a la derecha del yacente está estructurado en dos grupos de tres arquillos angrelados que cobijan seis imágenes de dominicos que podrían representar a seis santos de la Orden de Predicadores; una mujer y cinco hombres con el hábito de la orden y sin aureola. La presencia de los santos en los sepulcros es frecuente al final de la Edad Media; lo hacen a título de patronos y protectores de las almas. Los difuntos buscaron el amparo de los Santos,recoge Mª Jesús Gómez Bárcenas, porque "les creían más dispuestos a aceptar sus súplicas puesto que en la tierra habían conocido las miserias de la condición humana".
Todas las figuras, menos el personaje femenino, llevan filacterias que han perdido su inscripción, lo que aporta una cierta subjetividad a su identidad. Visten hábito blanco y capa de color negro habiendo conservado la mayor parte de las imágenes gran parte de su policromía. Los personajes masculinos aparecen en posición frontal, o tres cuartos, sin presentar comunicación entre ellos. Desde que Margarita Ruiz Maldonado escribió en 1993 sobre el sepulcro todos los que lo han hecho al respecto han repetido sus identificaciones.
La monja dominica, descalza, presenta las manos en oración -ha perdido alguno de sus dedos-, orientada hacia un pequeño crucifijo. Lleva al cuello el tradicional rosario de quince misterios. Es quizás el personaje de más fácil identificación y se considera representa a Catalina Benincasa más conocida como Santa Catalina de Siena (ca. 1347-1380). Junto a una gran labor social desempeñó un destacado papel en el regreso del Papa a Roma desde Aviñón.
Estimada como una de las grandes místicas del siglo XIV, es una santa muy popular en la Orden y se considera destacó como predicadora. Si bien Ruiz Maldonado indica que la policromía en la escultura del sepulcro señala las llagas, no he sido capaz de su reconocimiento por lo que prefiero imaginar lo que observa Giorgio Papasogli en su libro "Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia" en el sentido de suponer que eran de los denominados "estigmas invisibles" de forma que sentía el dolor pero las llagas no eran visibles externamente.
El reconocimiento de la identidad de los dos frailes que aparecen en el grupo de tres arquillos en que figura Santa Catalina es prácticamente imposible al no acompañarles  atributos que les describan. Ruiz Maldonado sugiere que podrían ser San Vicente Ferrer (1350-1419) -si bien fue canonizado en 1455, es decir, en fecha probablemente posterior a la de la realización del sepulcro-, y San Alberto Magno (1207-1280).
La personificación de San Alberto Magno puede ser quizás menos discutible pues la orden dominica destacó en el campo de la doctrina al amparo de su figura o de la de Santo Tomás de Aquino. Un atributo del fundador dominico, Santo Domingo de Guzmán, y en general, de la Orden es el libro, pues su hagiografía cuenta que en una noche de vigilia se le aparecieron San Mateo, llevando su Evangelio, y San Pablo con sus "Cartas" y le dijeron: "Ve y predica, porque has sido llamado para este ministerio". En las dos esculturas de estos frailes anónimos llama la atención sus manos de muy largos dedos, sus rostros redondos y pingües y espaciosa tonsura.
En el otro grupo de tres arquillos angrelados dos de las figuras presentan menos dificultades de interpretación al exteriorizar algunos atributos significativos. Una de ellas muestra un cierto movimiento, con el ropaje también ondulante.
Santo Tomás de Aquino (1224-1274) porta entre sus manos la maqueta de una iglesia. Se le acostumbra a representar vestido de dominico, obeso, con tonsura y con un sol en el pecho (símbolo del aprendizaje sagrado). El atributo de la iglesia en la mano, que según indica algún hagiógrafo parece ofrecer con su mirada a Dios, no es muy frecuente en el santo en la época en que se realiza el sepulcro de doña Beatriz; no obstante como autor que fue de la "Summa theologiae" -compendio de la doctrina cristiana-, y de la "Summa contra gentiles" -apología filosófica de la fe católica-, puede entenderse este simbolismo.
La escultura del fraile dominico situado a la derecha de Santo Tomás se considera representa a San Pedro mártir de Verona canonizado en 1253. Segundo santo de la Orden, tras la canonización de Santo Domingo de Guzmán, destacó como predicador e inquisidor. Fue asesinado en un bosque por Carino de Bálsamo quien le asestó varios golpes en la cabeza con un alfanje y terminó clavándole un puñal. En recuerdo de este hecho se suele representar al santo con una herida en el cráneo y un puñal clavado en el pecho como es el caso de la talla situada en el sepulcro.
Para Ruiz Maldonado la primera imagen de santo dominico que aparece en el sarcófago corresponde a San Raimundo de Peñafort (ca. 1180-1275), monje catalán encargado de introducir la Inquisición en el Reino de Aragón y compilador de los Decretales de Gregorio IX (cuerpo de Derecho canónico). Es la escultura de los frailes dominicos del sepulcro que presenta más movimiento; descalzo, lleva en una de sus manos un libro y en el otro el cilicio o disciplinas. Habitualmente se le presenta con una llave de oro en la mano que alude a su cargo de penitenciario en Roma o con el libro de los "Decretales".
El lateral del cuerpo del sarcófago que acoge las imágenes de los santos dominicos se termina con dos de las pilastras con hornacinas que enriquecen el cuerpo del sepulcro. En este único caso no cobijan a ángeles con filacterias sino a esculturas de San Pedro y San Pablo.
En la iconografía gótica funeraria la representación de los Apóstoles es quizás de las de aparición más temprana, existiendo una preferencia por la inclusión de San Pedro y San Pablo especialmente. En el sepulcro de doña Beatriz de Portugal San Pablo viste amplia túnica y manto decorado con estrellas; lleva en su mano derecha, apoyada en el hombro, la espada que le identifica habitualmente como atributo al simbolizar su martirio.
San Pedro, con pelo y barba corta y rizada sostiene con una de sus manos un libro cerrado y con la otra las dos grandes llaves en recuerdo de las palabras del Evangelista Mateo [16: 13-19]: "Y Jesús, ..., dijo: ... Y yo te digo a tí que tú eres Pedro,. y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, ... Yo te daré las llaves del reino de los cielos, ...". La escultura responde a su iconografía habitual.
Este lateral del sepulcro es quizás el que presenta la mayor calidad y originalidad del arca, pues lo habitual en el mundo funerario de la época en España son los temas del Antiguo y del Nuevo Testamento, aquí reservados para los paneles frontal y posterior. Este recurso a los Santos ya se refleja en La Antífona y Recomendación del alma que lee el sacerdote cuando agoniza el enfermo: "Santa María, ruega por él ..., todos los santos Apóstoles y Evangelistas, todos los santos, Patriarcas y Profetas ..., todos los santos Apóstoles y Evangelistas, todos los santos discípulos del Señor ..., todos los santos mártires ..., confesores ..., monjes y ermitaños, Santa María Magdalena, todas las santas ...".
En el panel del cuerpo del sarcófago situado a los pies del yacente se representa la Anunciación, escena frecuente en los sepulcros desde el siglo XIII al XVI. Su elección se justifica por ser el momento del inicio de la vida humana de Cristo y por tanto se considera el preludio de la Redención. La Virgen está leyendo sentada -viste a la moda del siglo XV-, cuando es visitada por el ángel Gabriel bendiciendo con una mano y con una filacteria en la otra. Destaca por su gran tamaño el jarrón de azucenas.
Entre los dos arquillos que cobijan las imágenes figura en mandorla el Padre Eterno con aureola y rodeado de rayos de luz bendiciendo a María. A su izquierda, en vuelo, la paloma que aún conserva parte de su policromía que fue dorada.
El frontal del sepulcro se completa con la imagen de dos ángeles, uno de ellos -el arcángel San Miguel-, alanceando al dragón y con la bola del mundo en su mano izquierda, y el otro podría querer representar al arcángel San Rafael.
La escena de la Crucifixión preside el lateral del cuerpo del sepulcro situado bajo la cabeza del yacente. En el centro, con corona de espinas, aureolado y con un amplio paño de pureza, Cristo figura clavado en la cruz que presenta los brotes de las ramas en el travesaño. A su derecha la Virgen aparece sostenida por San Juan mientras se desploma. Al otro lado de la cruz se representa a María Magdalena seguida por un personaje que se coge las manos. En general es una talla más bien torpe.
Se desconoce el autor o autores del sepulcro, la fecha de su realización y si fue doña Beatriz quien encargó el sepulcro o fue otra la persona que mandó construirlo. Para Manuel Gómez-Moreno su autor fue "de seguro... el mismo artífice que labró el del arzobispo Anaya y tantos otros en Salamanca", Ruiz Maldonado opina que estaríamos ante dos escultores distintos si bien con algunas semejanzas estilísticas, y Joaquín Yarza vincula al anónimo autor con los ámbitos catalán y de Aviñón. Para José Mª Azcárate el sepulcro se caracteriza por "la suavidad en la técnica que evoca el arte italiano y las formas más ampulosas y sinuosas del arte borgoñón de principios del siglo XV".
BIBLIOGRAFÍA.
-José Mª Azcárate, "Arte Gótico en España", Madrid 2007.

-Mª. Jesús Gómez Bárcena, "Escultura gótica funeraria en Burgos", Burgos 1988.
-Manuel Gómez-Moreno, "Catálogo Monumental de España. Provincia de Zamora (1903-1905)", Madrid 1927.
-Émile Mâle, "L'Art religieux de la fin du Moyen Age en France. Étude sur l'iconographie du Moyen Age et sur ses sources d'inspiration", Paris 1922.
-Cesar Olivera Serrano, "Beatriz de Portugal. La pugna dinástica Avis-Trastámara", Santiago de Compostela 2005.
-Giorgio Papasogli, "Catalina de Siena, reformadora de la Iglesia", BAC, Madrid 1980.
-Sor Mª Dolores Pérez Mesuro, "Monasterio de Sancti Spiritus el Real MM. Dominicas", Valladolid 1994.
-Mercedes Pérez Vidal, "Sancti Spiritus de Toro: Arquitectura y patronazgo femenino", en "LIÑO. Revista anual de Historia del Arte", Oviedo 2008.
-Louis Réau, "Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia", t.I, Barcelona 2007.
-Cecilia Romana, Relación de los milagros obrados por Santo Domingo en Roma", B.A.C., Madrid 1987.
-Margarita Ruiz Maldonado, "El sepulcro de doña Margarita de Portugal en Sancti Spiritus (Toro)", en revista de arte Goya Madrid 1993.
-Pablo Yagüe Hoyal, "Restauración del sepulcro de doña Beatriz de Portugal. Convento de Sancti Spiritus (Toro)", en "Restauración y Rehabilitación: Revista Internacional del Patrimonio histórico", Madrid 1977.

NOTAS.

sábado, 1 de noviembre de 2014

ESCULTURA FUNERARIA (VII)

Sepulcro de doña Beatriz de Portugal reina de Castilla.
Convento del Sancti Spiritus (Toro, Zamora).
I. Basamento y yacente.


Los ritos y las prácticas funerarias constituyen ingredientes importantes de cualquier sociedad; intentar conocerlos puede ser una forma de aproximarse a su religiosidad, cultura e ideología. Las esculturas medievales del león devorando a un animal o a una persona tenían sin duda un valor simbólico: eran la imagen del poder de la muerte que aniquila sin piedad a todos los seres vivos. La caja prismática del sepulcro de doña Beatriz de Portugal, segunda mujer del rey castellano Juan I, se eleva sobre un basamento en el que figuran diez leones acostados alternando con escudos que campean en el interior de círculos.
Los leones carnívoros fueron uno de los motivos más frecuentes en el repertorio iconográfico funerario desde la Antigüedad. Al igual que la muerte, inspiran terror y temor hacia el más allá presentando un sentido infernal. Esta noción de la muerte que se alimenta de humanos es universal y proviene de los tiempos más remotos. El cristianismo ha mantenido el papel funerario del león y soporta los sarcófagos medievales al igual que decoraba las tumbas paganas habiendo heredado también el animal infernal andrófago.
El carácter simbólico de los leones funerarios es difícil de establecer con precisión. Probablemente tuvieron un cierto carácter mágico que se creía que alejaba el mal o propiciaba el bien en las sepulturas que decoraban y custodiaban. El felino -con su aterradora expresión-, guardaba el sepulcro al tiempo que encarnaba la violencia y el sino inevitable de la muerte. Y como cancerbero de la tumba protegía los restos mortales del difunto y su ajuar funerario. En palabras de Pérez López, "protegían contra el terror a la par que aterrorizaban a quien lo contempla". Y como en la antigüedad también el león andrófago presentaba el mismo sentido que el de la fiera que abatía a una víctima animal.
"Salva me de ore leonis", señala el Salmo 22: "[Mis enemigos... Abren sus bocas contra mí/cual león rapaz y rugiente. ... Me rodean como perros,/ me cerca una turba de malvados, ...Sálvame de la boca del león..."]. En el Oficio de Difuntos recogido en el Breviario Romano el tema de la androfagía se cita al menos cuatro veces. Así, p.e., se advierte en el Cántico de Ezequías [Isaías 38-13]:   "Día y noche me consumo, grito hasta la mañana, /pues como león muele todos mis huesos", o se dice en el Salmo 7: "No sea que como león me arrebate alguno el alma/ y me desgarre, sin que haya quien me libre", que se canta también en el mismo Oficio. El descanso y la muerte eterna en las fauces de las bestias infernales formaban por tanto parte de la liturgia que se recitaba en el coro donde está situado el sepulcro.
El Infierno es la boca enorme de este animal devorador, que engulle a los condenados. Y como antiguamente en Oriente, Nergal -dios del ardor solar y dios de los infiernos-, era simbolizado por el león, éste, andrófago o no, se identifica con el Diablo, el cual es el agente de la muerte. Las fieras atacando y devorando a los hombres encarnan las potencias del infierno e ilustran  el mensaje de la I carta de San Pedro: "Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar" [I San Pedro 5,8].
Según creencias anteriores al cristianismo un león andrófago engullía a una persona para proporcionarle una vida nueva. Y en el juicio último, se dice en el Apocalipsis, los animales andrófagos, restituirán a los muertos que han sido devorados: "Entregó el mar los muertos que tenía en su seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras" [Apocalipsis XX, 11].
Las esculturas funerarias de felinos que sujetan entre sus garras o bajo la testa alguna víctima, humana o animal, e incluso sólo su cabeza remontan a modelos conocidos en el ámbito mediterráneo desde el siglo IV antes de Cristo y que serían popularizados durante el período alejandrino. Eran composiciones funerarias de inspiración helenística y etrusca a las que el arte romano dio cobijo y difusión por gran parte de su imperio. Estos leones con cabezas cortadas, traslucen una profunda simbología religiosa y funeraria, pues al tiempo que custodios del sepulcro y conductores de las almas al mundo de ultratumba, son una metáfora de la propia muerte, representada mediante el felino depredador que acaba con la vida de su víctima, al igual que el fallecimiento arranca a los hombres de este mundo.
En el Occidente cristiano el tema adquirió distintos significados dependiendo de su ubicación y del contexto religioso o profano en que se encontrasen. Así, junto a las acepciones señaladas antes, se han propuesto otros significados complementarios a estos leones con cabezas cortadas como la de ensalzar el "poder" de su linaje y ascendencia o procurar la protección de los descendientes del difunto. No debe olvidarse que en la época se daba más importancia al "status" familiar que al individual.
Más específico pudiera ser el simbolismo de un león que entre sus garras mantiene cautivo a un perrillo. En los sepulcros góticos a partir del siglo XIII comenzó a ser habitual que figurase a los pies de los yacentes un animal; por la multiplicidad de sus simbolismos el perro fue uno de los animales que con más frecuencia aparecía, vigilante, jugando o durmiendo. En el caso de las damas solía ser del tipo de perrito doméstico, y su simbolismo correspondía a la fidelidad pues a la mujer se le asignaban las virtudes domésticas y la fidelidad. En el caso del sepulcro de doña Beatriz de Portugal el león parece haber perdido su fiereza y aparenta proteger al perrito de la reina.
Doña Beatriz casó con Juan I de Castilla al quedar este viudo de Leonor Téllez de Meneses cuando aún era una niña; contaba con 10 años aunque el cardenal Pedro de Luna, después de encargar el examen por "mujeres de experiencia", la declaró capaz de consumar el matrimonio atribuyéndola doce años. El 17 de mayo de 1383 tuvieron lugar los desposorios en la catedral de Badajoz, y siete años después, en 1390, moría Juan I, como consecuencia de una caída de caballo, sin dejar descendencia con Beatriz. El rey antes de morir dispuso su enterramiento en la catedral de Toledo junto a su primera mujer Leonor de Aragón -le había dado dos herederos, Enrique y Fernando, que serían respectivamente reyes de Castilla y de Aragón-, en la capilla donde reposaban sus padres. La actitud cariñosa del león que sostiene con mimo a un niño parece aludir al hijo que doña Beatriz no tuvo, y por lo que al no ser madre de rey, según la costumbre de la alta nobleza, su enterramiento se realizaría en un convento.
En Oriente era una antigua tradición el confiar a los leones de piedra la guarda de los lugares sagrados estando, además por otros conceptos muy relacionados con las tumbas. En la Emblemática es conocida su presencia como vigilante: "es un león, pero también un guardián, porque duerme con los ojos abiertos; por eso lo ponen ante la puerta de los templos" [Andrea Alciato, "Emblemas"]. Este simbolismo de guardián se conservó en Occidente figurando en sarcófagos griegos, etruscos y romanos, y parece haber sido una de las ideas que movieron al autor del sepulcro para que figurasen leones  en el basamento de la tumba de doña Beatriz de Portugal, aunque la presencia en número de diez y distribuidos de forma equidistante puede indicar el gran peso dado a su función decorativa en detrimento de la simbólica.
Al comienzo de la Edad Media los sarcófagos cristianos normalmente estaban levantados sobre soportes para aislarlos de la tierra pues al considerar el suelo como sagrado tan sólo los sepulcros de los santos podían apoyar en el interior de las iglesias. A partir del siglo XIII los soportes adquirieron más importancia y comenzaron a abundar los basamentos lisos o decorados destacando los que lo hacen con animales; de estos los utilizados con más frecuencia son los leones, como es el caso en el de doña Beatriz de Portugal donde forman parte integrante del basamento sobre el que se apoya el sepulcro. Sólo asoman sus cabezas de pobladas crines, con las bocas entreabiertas, y las patas delanteras y se integran en una decoración a base de elementos vegetales y escudos.
Los escudos lucen hoy en día tan sólo bordura con ocho castillos; en el centro tuvieron dibujados las "quinas" [5 escudetes azules puestos en cruz y en cada uno de ellos cinco dineros en aspa] de Portugal que desaparecieron con la pérdida de la policromía del sepulcro. Están inscritos en círculos enmarcados en rectángulos con decoración vegetal.
La dama que reposa en el convento de Sancti Spiritus de Toro (Zamora) fue la reina de Portugal y de Castilla, única hija del rey Fernando I de Portugal -al que sucedió en 1383 hasta la entronización de la casa de Avis dos años después-, y segunda esposa de Juan I rey de Castilla.  Doña Beatriz, aclamada en 1373 poco después de su nacimiento como heredera de Portugal, fue la última reina de la primera dinastía, la sucesora en los derechos dinásticos de la estirpe fundada por el forjador de la independencia de Portugal en 1128 Alfonso I Enriquez. Sin embargo, en palabras de Olivera Serrano "Beatriz fue y es, aún hoy día, un personaje borrado de la existencia ... algo parecido a lo que sucederá más tarde a Juana la "Beltraneja", la hija de Enrique IV, ...".
Doña Beatriz nunca aceptó a Joao I de Avis como rey de Portugal, y él, a partir de 1383, tampoco la quiso reconocer como reina a pesar de haberle prestado juramento en las Cortes de Leiría de 1376, y en 1383 en los acuerdos matrimoniales con Juan I de Castilla. Ni su nombre, ni su rostro, figuran en el monasterio de Alcobaça, entre las efigies de los reyes portugueses; el sepulcro del convento de Sancti Spiritus cubre, quizás, el hueco que falta en Alcobaça.
En la tapa del sepulcro descansa el bulto yacente de la reina ataviada con ricas vestiduras a la usanza portuguesa del momento sobre sábana de fruncidos pliegues; tiene los ojos cerrados y con su mano derecha sostiene un libro sobre el pecho. La vestidura ha perdido la policromía original de forma que las telas han desvanecido su aspecto al carecer de talla excepto en el velo de la cabeza o en el escote de pedrería del traje. Siguiendo costumbres de la época la escultura yacente era la representación del difunto tumbado en un lecho, no como forma de garantizar la vida de ultratumba como lo había sido en la Antigüedad, sino a la espera de la hora de la resurrección, pues la doctrina cristiana señala que tendrá lugar con el mismo cuerpo que el difunto tenía en la vida terrena. Según Émile Mâle el difunto "aparece tal y como lo será el gran día. Era viejo y hele aquí joven... Ninguna estatua, ninguna lápida sepulcral de la gran época nos muestra a un viejo: todos estos muertos parecen tener treinta y tres años, la edad que tenía Cristo cuando resucitó, la edad que tendrán todos los hombres cuando resuciten como él"; era la doctrina que exponían todos los teólogos en la Edad Media y la que guió la mano de los escultores.
Su cabeza reposa sobre dos almohadones y es coronada -con diadema de ancho aro y muy trabajada-, por dos ángeles descalzos; su actitud parece serena pues descansa en espera de la resurrección final. La "coronación" recuerda la realeza de la difunta al tiempo que tiende a dar idea de la bienaventuranza eterna y relacionarla con la de la Virgen. "Algunos de estos difuntos -escribía Mâle-, según todas las apariencias, fueron feos; al menos, a todos, la vida les marcó con su paso. Y sin embargo, quien mira las imágenes fúnebres ... [medievales], no verá más que rostros puros, revestidos de una belleza que no tiene nada de individual. La persona es elevada hasta el arquetipo, el artista avanza el sublime trabajo de Dios el último día, modelando todos los rostros humanos en el sentido de la belleza perfecta".
Doña Beatriz tiene los ojos cerrados porque para el escultor mientras llega la resurrección tan sólo está adormecida como en un profundo sueño. El aspecto físico de su rostro se relaciona con la corriente artística general de la escultura de aquella época -la idealización-, donde no importaban los rasgos verdaderos. Eran representados como vivos pues para el cristianismo nada perece, ni el cuerpo ni el alma.
El sepulcro de Beatriz de Portugal está ubicado -junto con el de doña Teresa Gil de quien se dice fundó el convento-, a los pies de la iglesia en el centro del coro protegido por los rezos y cantos de las monjas, de forma que la difunta podía oír con frecuencia murmurar en sus oídos los llamados "commemoratio defunctorum", los salmos de penitencia, los versos del Libro de Job o cualquiera de las lecciones de la liturgia fúnebre. La difunta había puesto toda su confianza en las virtudes de las oraciones de la Iglesia porque creía que estas oraciones liberaban el alma; se había hecho enterrar en la iglesia del convento para que las oraciones fuesen recitadas sobre su sepulcro hasta el día del Juicio Final.
De la vida de Beatriz de Portugal se sabe muy poco. Hija única de Don Fernando I de Portugal y de doña Leonor Téllez de Meneses nació entre el 7 y el 13 de febrero de 1373. A la muerte de su padre, ya casada con Juan I de Castilla, el matrimonio marcha a Portugal donde su madre había tomado el título de regente. Tras una serie de enfrentamientos Juan I toma la regencia hasta que a consecuencia de la victoria portuguesa de Aljubarrota, agosto de 1385, se consolida en el trono la Casa de Avis; Beatriz, aunque por poco tiempo pues Juan I muere en 1390 sin dejarle descendencia, ya tan sólo será reina de Castilla. La escasez de datos portugueses -"un personaje borrado de la memoria histórica oficial" [Cesar Olivera Serrano]-, junto con la parquedad de las fuentes castellanas hacen que se desconozca en detalle su historia posterior. Se cree que "vivió una veintena de años de su viudedad fuera de los muros conventuales" [Margarita Ruiz Maldonado] gozando de buenas rentas, pasados los cuales se retiró al convento dominico de San Salvador - más tarde Sancti Spiritus- de Toro (actualmente provincia de Zamora). Se desconoce la fecha de su muerte, si bien se estima debió producirse en 1430 o 1431.
BIBLIOGRAFÍA.
- C.J. Ara Gil, "Monjes y frailes en la iconografía de los sepulcros románicos y góticos", Fundación Sta Mª la Real, Aguilar de Campoo (Palencia), 2004.
-Waldemar Deonna, ""Salva me de ore leonis". A propos de quelques chapiteaux romans de la cathédrale Saint-Pierre à Genève", en "Revue belge de philologie et d'histoire", 1950.
-Mª. Jesús Gómez Bárcena, "Escultura gótica funeraria en Burgos", Burgos 1988.
-Manuel Gómez-Moreno, "Catálogo Monumental de España. Provincia de Zamora (1903-1905)", Madrid 1927.
-Émile Mâle, "L'Art religieux de la fin du Moyen Age en France. Étude sur l'iconographie du Moyen Age et sur ses sources d'inspiration", Paris 1922.
-Cesar Olivera Serrano, "Beatriz de Portugal. La pugna dinástica Avis-Trastámara", Santiago de Compostela 2005.
-Inmaculada Pérez López, "Leones romanos en Hispania", Madrid-Sevilla 1999.
-Margarita Ruiz Maldonado, "El sepulcro de doña Beatriz de Portugal en Sancti Spiritus (Toro)", en revista de arte Goya Madrid 1993.
-Pablo Yagüe Hoyal, "Restauración del sepulcro de doña Beatriz de Portugal. Convento de Sancti Spiritus (Toro)", en "Restauración y Rehabilitación: Revista Internacional del Patrimonio histórico", Madrid 1977.
NOTAS.
-La evolución del escudo de Portugal ha tenido bastantes variaciones a lo largo de los años; así, p.e., se desconoce el numero exacto de castillos que tuvo en la bordura y el de los bezantes de los escudetes. Los cronistas antiguos se referían a "varios castillos", sin especificar número exacto; fue Juan II quien fijó el número de castillos de oro de la bordura en siete y de los bezantes en cada quina en cinco. En el retablo del "Árbol de Jesé" de la catedral de Burgos realizado hacia 1486 figuran dos escudos con las armas de Portugal; escribí al tratar del altar: "en campo de plata cinco escusones de azur, puestos en cruz, cargados cada uno de cinco bezantes de plata y una bordura de gules con siete castillos de oro".
-El padre de la reina Isabel la Católica, Juan II, nació en Toro y era nieto de Juan I. La decoración del basamento del sepulcro de doña Beatriz y la del de Juan II, de realización separada por medio siglo, abunda en fieros leones y escudos. ¿Coincidencia?. ¿Conocería Gil de Siloe este sepulcro del convento del Sancti Spiritus?.
(cont.)