domingo, 4 de enero de 2015

ESCULTURA FUNERARIA (VIII)

Sepulcro de don Diego de Anaya (Catedral vieja de Salamanca).
I. Yacente; su blasón.


"Pero el Ioben Don Diego engolfado en los estudios, no tuvo cuidado con sus costumbres, como con las ciencias, y el mal exemplo de algunos condiscipulos, le desvió de aquel camino, por donde avia de llegar mas brevemente à la cumbre de la virtud, ... ENAMORÒSE de Doña Maria de Orozco, hija de Iñigo Lopez de Orozco; ... Era Doña Maria muy hermosa, calidad que suele hazer escusables tales yerros. Solicitòla D. Diego con aquellas artes de que usa el poderio del amor: convinieronse las dos voluntades en encender un fuego que no se apagò sin escandolo, por ser la honestidad un cristal lucidisimo, que se empaña aun solo con la vista, y se rompe con la mormuracion. Tuvieron por hijo à Iuan Gomez de Anaya, Colegial que fue junto con Diego Gomez su hermano, en el Colegio que fundò despues su padre, ..". [Francisco Ruiz de Vergara, año de 1661, "Vida del Ilustrísimo señor Diego de Anaya y Maldonado, Arzobispo de Sevilla, fundador del Colegio Viejo de san Bartolomé ..." ].
Don Diego de Anaya y Maldonado -el "arzobispo Anaya"-, fue un hombre de Iglesia con amplia trayectoria política y religiosa en su época. En 1422 compró al cabildo de la Catedral de Salamanca una capilla existente en el claustro a fin de destinarla a panteón familiar: "... la capilla nueva que es en dicha claustra, para su sepultura e de los que él quisiese en su vida e de los de su linaje ..." [A.C.S. caja 47,leg.7, nº. 10]; eran unos tiempos en los que poseer una capilla funeraria suponía un signo de poder y de capacidad económica, al tiempo que de devoción y de prestigio, si bien en Castilla la nobleza -con su escasa formación cultural-, apenas dedicó esfuerzos y fueron los obispos los que auspiciaron las más importantes empresas artísticas o los que atrajeron a artistas foráneos. Es un espacio rectangular, rematado al Este por una cabecera poligonal, cubierta con bóvedas de crucería de terceletes, en cuyos muros se abren arcosolios apuntados; el primero del lado del Evangelio acoge los restos de don Juan Gómez de Anaya, -Arcediano de Salamanca y Deán de Ciudad Rodrigo-, hijo del Arzobispo, famoso por su oposición a don Juan II desde la Torre Mocha de la catedral, y entrando, a la derecha, el de don Diego Anaya hermano del anterior. En el centro de la capilla se alza el sepulcro del fundador rodeado, desde 1514, por una afamada verja que oculta bastante su vista. 
Diego de Anaya nació en Salamanca en 1357 -hijo de Pedro Álvarez Anaya y Aldonza Maldonado-, ciudad en la que estudiaría Derecho. En 1606 escribía Gil González de Ávila: " Son los Anayas nobles, y antiguos Caballeros, descendientes de nobles Alemanes, que vinieron a servir a España quando traian sus Reyes lides travadas con Moros". Para Goñi Gaztambide no librándose "de la corrupción que le rodeaba ... en su juventud tuvo dos hijos naturales; uno de ellos, Juan Gómez de Anaya, de "presbytero genitus et soluta"". A la muerte prematura de doña María Orozco, con la que tuvo los dos hijos, se hizo religioso. La base de su fortuna la constituyó el ser elegido por el rey Don Juan I como preceptor de sus hijos los futuros reyes Enrique III de Castilla y Fernando I de Aragón : "E fuimos en criança del Señor Rey don Henrique, y del Infante don Fernando su hermano" [testamento; Cantillana 26-Sept-1437].
Para Vicente Bajo "desempeñó con tanto acierto su cometido [como preceptor], que mereció ser premiado, primero, con el Obispado de Tuy" (1384-1390).  Sucesivamente ocuparía los obispados de Orense (1390-1392), Salamanca (1392- 1408) y Cuenca (1408-1418). En Salamanca empezó su influencia creciente en los asuntos públicos. Enrique III de Castilla le nombró en 1402 presidente del Consejo de Castilla, cargo en el que permaneció hasta su muerte con su hijo y sucesor Juan II; según Goñi Gaztambide  tan sólo sufrió un cierto eclipse político en 1408 que se disiparía en 1412 cuando Fernando de Antequera se ciñó la corona aragonesa.
Asistió en 1399 en Alcalá de Henares a la junta que celebraron con el rey Enrique III los Obispos de Castilla y León para tratar de la posición que habían de mantener en el cisma que afligía a la Iglesia de Occidente. Fue designado embajador de Castilla en el concilio de Constanza (24-X-1416) -donde se terminaría el cisma con la elección de Martino V-, a pesar de sus simpatías personales por Benedicto XIII.
En 1401 fundó en Salamanca el Colegio de San Bartolomé, también conocido como Colegio Viejo -por ser el más antiguo de los Colegios Mayores salmantinos- o de Anaya, destinado para 15 estudiantes sin recursos de Teología o Derecho; tuvo como modelo el Colegio de San Clemente de los españoles en Bolonia, obra del cardenal Gil Carrillo de Albornoz. Don Diego de Anaya nombraría al Colegio heredero universal de sus bienes para atender a su mantenimiento.
Ascendido al arzobispado de Sevilla en marzo de 1418 sería destituido poco después por Martin V ante las acusaciones de don Álvaro de Luna, de tratar de restaurar el Cisma en España apoyando a Benedicto XIII como Papa; a título honorífico fue nombrado, "in partibus", obispo de "Tarso en Cilicia".  Su puesto de arzobispo de Sevilla sería ocupado por Juan de Cerezuela, obispo de Osma, y hermano de don Álvaro, por lo que justificada su inocencia no tomó posesión hasta que el hermano del Condestable no fue ascendido en 1434 a la iglesia primada de Toledo.
Tres años después murió don Diego Anaya en Cantillana, provincia de Sevilla, a los ochenta de edad; su cuerpo fue depositado por algunos días en la Catedral de Sevilla y después trasladado a su capilla del claustro de la catedral de Salamanca: "... e mandamos que cuando finamiento de nos acaeciere que el cuerpo nuestro sea sepultado en la Capilla de San Bartolomé, que está en la claustra de la iglesia Catedral de Salamanca ... en la sepultura que nos ende tenemos...". [testamento, año 1437]. Según Gil González de Ávila "Era hombre de mediana estatura, robusto, moreno de rostro, y de vista corto, docto en Canones y Leyes".
Sobre la tapa del sepulcro de alabastro -quedan restos de su antigua policromía-, descansa el bulto yacente de don Diego Anaya revestido de pontifical (mitra recamada de piedras, casulla, palio, alba y manípulo), con el báculo sujeto por su mano derecha y con un libro abierto apoyado sobre el pecho y sujeto con su mano izquierda. De la ropa tan sólo aparecen adornados el cuello de la casulla y la mitra; ésta con cabujones y su blasón, aquella con sarmientos. La figura trata de ser no sólo la expresión de la calidad moral del obispo sino también la de su condición social y manifestación de su poder.
Don Diego presenta los ojos abiertos y su rostro -de edad madura y con rasgos muy definidos-, induce a pensar en un posible retrato en opinión de Margarita Ruiz Maldonado. Para Gómez Moreno "como [el sepulcro] carece de epitafio es verosímil se lo hiciese antes de morir en 1437, y quizás también lo indique el representarle con los ojos abiertos". Para Lucía Lahoz "un retrato realista, despierto conforme a la idea de la muerte como despertar a la vida". En sus dedos destacan ocho anillos; eran entregados junto al báculo como símbolo de su jurisdicción y de su poder espiritual, pero dado que sólo ocupó cinco sedes -más la honorífica de Tarso-, es probable que tan sólo figuren como ornamento.
El cuerpo reposa sobre un paño almohadillado con flecos, y la cabeza sobre cuatro almohadones; el báculo, que ha perdido parte de su asta, presenta un nudo prismático decorado con pináculos. Los pliegues de sus vestidos caen como si el difunto estuviera de pie y no tumbado. A los lados de las almohadas se arrodillan un ángel y un santo como abrazándole la cabeza en señal de protección.
El santo, de rizada cabellera y larga barba, los historiadores que han tratado del sepulcro consideran podría ser San Bartolomé -"... [el] Santo Titular, que os he escogido, el Predicador, y Apóstol de la Armenia SAN BARTOLOME, a quien tengo por Patron y por devoto..." [Ruiz de Vergara]-, santo al que el obispo Anaya nombró como patrono del colegio que fundó en Salamanca y que da nombre a su capilla funeraria.
El ángel presenta el cabello ondulado y unas muy largas alas de elaborado plumaje. En opinión de Émile Mâle el simbolismo de estos ángeles en el sepulcro era el de representar a los espíritus del cielo, hermanos del alma inmortal del difunto a quien "ellos llevaban has el seno de Abraham". Los paños de estos dos personajes presentan pliegues característicos.
Las vestiduras del yacente muestran una gran simplicidad; quizás sus motivos ornamentales estuvieron pintados, pues en la estola quedan restos de pinturas de ondulantes tallos. El alba presenta gruesos pliegues tubulares sobre los que se acomodan los remates de la estola; esta era símbolo de los poderes sagrados que había recibido como pastor y como guía que conduce a las almas hacia la vida eterna (el sacerdote al ponerse la estola reza la siguiente oración: "Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque me acerco a tus sagrados misterios indignamente, haz que merezca, no obstante, el gozo eterno").
A los pies de don Diego, en una repisa semicircular, rematada por una serie de conos con una roseta en el vértice, sobre la que descansan aquellos, se ha esculpido un león, reteniendo bajo su zarpa a un conejo todo asustado, que da la mano a un perro. La escena, probablemente alegórica, tal vez alude en opinión de Gómez Moreno a los disturbios que suscitó la posesión de la mitra de Sevilla bajo Anaya; Durán Sanpere y Camón Aznar, por contra, recuerdan que la liebre era símbolo de vigilancia, el perro de fidelidad y el león de la fuerza y considera que pueden aludir a las virtudes que acompañaron a don Diego en sus empresas.
El basamento del sepulcro está decorado con un friso donde se repite el blasón del obispo -ocho veces-, situado en el interior de una figura con cuatro lóbulos con escotaduras oblicuas -figura similar a la empleada en el basamento del sepulcro de don Pedro de Tenorio en la catedral de Toledo y del canciller López de Ayala en Quejada (Álava)-, ceñidas por dos rosetas con los tallos enlazados formando una "S".  La utilización repetitiva del emblema heráldico que daba cuenta de su linaje -conjunto de consanguíneos que proceden de un tronco común-, reforzaba el afán de los privilegiados por diferenciarse del resto de la sociedad.Dos bandas ornamentadas también con rosetas -alternando las de forma cuadrada y las redondeadas (características de los sepulcros del taller de Ferrand González en la catedral de Toledo)-, delimitan el friso del zócalo interrumpido por cinco leones en cada lado mayor del sepulcro. 
La urna tiene a los pies del difunto un relieve con dos ángeles con dalmáticas y amitos que muestran el escudo heráldico del obispo; su presencia permitía a los que no sabían leer conocer a quien pertenecía el sepulcro que admiraban. La heráldica había surgido como consecuencia de la evolución del equipo militar entre finales del siglo XI y mediados del XII: los guerreros occidentales adoptaron progresivamente la costumbre de pintar las superficies de sus escudos para que sirviesen como signos de reconocimiento durante las batallas; a partir de entonces también las familias comenzaron a utilizar los mismos signos para identificarse transmitiéndoselos además a los herederos. El blasón del linaje de los Anaya podría ser: escudo bandado de oro y azur, de nueve piezas. La iconografía del sepulcro del obispo parece claro no alude tan sólo a las creencias religiosas o a la preocupación por el más allá sino que al hacer ostensible de una manera repetida el distintivo de poder existe, como escribió Yarza, "la clara manifestación de una individualidad poderosa y el deseo de perpetuación del linaje"; la muerte no era socialmente igualatoria.
Aún más. En las esquinas del arca sepulcral se presentan grupos de tres figuras bajo doseletes; las de en medio son jóvenes de también poblada cabellera, amito y dalmática, que sostienen el blasón del linaje de Anaya. La presencia repetida del blasón era una expresión simbólica visual que permitía la percepción incosciente de la importancia y poder de una familia. La Iglesia, que al principio se mostró reticente fue aceptando poco a poco los blasones llegando a ser una parte importante de la escenografía funeraria; los obispos, probablemente, fueron los primeros en utilizar los blasones en sus sepulcros o en las capillas funerarias siendo seguidos por canónigos, clérigos y abades. Los acompañantes del tenante, para Gómez Moreno, son santos. En el caso de la fotografía adjunta uno de ellos es un obispo con báculo bendiciendo.
En el lado izquierdo del prelado Anaya, en la cabecera, junto al joven tenante con escudo un personaje calvo y de poblada barba sujeta una filacteria. Para Camón Aznar un fraile y para Marta Cendón "tal vez un profeta, o algún fundador de una orden como san Benito".  En la Edad Media mediante la adopción de su blasón, los individuos que por su sangre pertenecían a un linaje hacían patente a los demás dicha pertenencia, a fin de gozar del patrimonio común de renombre y fama acumulado por dicho linaje de generación en generación.
En el lado derecho del prelado Anaya, en la otra esquina de la cabecera, de nuevo otro obispo junto al portador del blasón y santo Domingo de Guzmán en opinión de Marta Cendón. Yarza puntualiza: " ... son numerosos los obispos, elegidos casi con seguridad por la profesión religiosa del mismo cliente".
A los pies del obispo Anaya, en la esquina del lado izquierdo, junto al portador del blasón -esta vez con él en posición inclinada-, San Pedro Mártir y san Luis de Tolosa en opinión de Marta Cendón. Señala Pastoureau que la misión de los blasones no era tan sólo "indicar la identidad de un individuo, sino también su lugar dentro de un grupo, su rango, su dignidad, su estatus social".
Finalmente, en la esquina del lado derecho de don Diego, en lugar del obispo figura un personaje con hábito y túnica, el joven tenante del escudo y san Francisco (muestra su llaga en el pecho y se ajusta el hábito con el cordón de la Orden). Y como señala Lucía Lahoz " ... así don Diego queda dispuesto para la eternidad presidiendo su capilla, custodiado por los de su linaje"; la necesidad de no estar aislado incluso en la muerte encuentra su expresión en la capilla funeraria del arzobispo quien a pesar de haber renunciado en vida a la familia se encuentra rodeado de sus hijos y probablemente de sus padres.
BIBLIOGRAFÍA.
- José Camón Aznar, "El escultor del arzobispo Anaya", Zaragoza 1940.
-Marta Cendón Fernández, "Aspectos iconográficos del sepulcro del arzobispo Diego de Anaya", BMICA, Zaragoza 2003.
-Agustín Durán Sanpere y Juan Ainaud de Lasarte, "Escultura Gótica", en t.VIII "Ars Hispaniae", Madrid 1956.
-Eduardo Carrero Santamaría, "La catedral vieja de Salamanca. Vida capitular y arquitectura en la Edad Media", Murcia 2004.
-Manuel Gómez Moreno "Catálogo Monumental de España. Salamanca", Madrid 1901-1903.
-J. Goñi Gaztambide, "Anaya y Maldonado, Diego de", voz del "Diccionario de Historia Eclesiástica de España" (dir. Quintin Aldea Vaquero), v.1, Madrid 1972.
-Gil González de Ávila, "Historia de las Antigüedades de la ciudad de Salamanca: Vidas de sus obispos y cosas sucedidas en su tiempo", Salamanca 1606.
-Lucía Lahoz, "Capilla de Anaya" y "Sepulcro del fundador" , fichas 28, 29 y 30 en "El Arte gótico en Salamanca", Salamanca.
-Manuel Villar Macías, "Historia de Salamanca", Salamanca 1887.
-Florencio Marcos Rodríguez, "Catálogo de documentos del Archivo Catedralicio de Salamanca (siglos XII-XV)", Salamanca 1962.
-Michel Pastoureau, "Une histoire symbolique du Moyen Âge occidental", Paris 2004.
-José Rojas y Contreras, ""Historia del Colegio Viejo de San Bartolomé",  Madrid 1768.
-Francisco Ruiz de Vergara, "Vida del Illustrissimo señor Don Diego de Anaya Maldonado. Arzobispo de Sevilla. Fundador del Colegio Viejo de S. Bartolome. y noticia de sus varones excelentes", Madrid 1661.
-Juan Antonio Vicente Bajo, "Episcopologio Salmantino", Salamanca 1901.
-Joaquín Yarza Luaces, " La capilla funeraria hispana en torno a 1400", en "La idea y el sentimiento de la muerte en la Historia y en el Arte de la Edad Media", Santiago de Compostela 1988.
NOTAS.
-La Historia del Arte de las primeras décadas del siglo XV de la Corona de Castilla presenta muchas zonas oscuras quizás por la brillantez del panorama que se presenta a partir de 1440 con la estética flamígera. Los estudios -a pesar de sus limitaciones-, del "maestro de los Anaya", de su taller y de su escuela, suponen una de las pocas luces del período.
-Según Ruiz de Vergara: "La mas preciosa joya de que se componia esta herencia [la de don Diego Anaya] fue una Libreria de las mejores, y mas selectas que se conocian en aquel tiempo en nuestra España, por no aver aun la Imprenta facilitado la copia de libros de que oy goçamos".
-Para caracterizar la dureza de los años en que don Diego de Anaya fue obispo de Salamanca Juan Antonio Vicente Bajo escribía en 1901: "Una peste general causó tantos estragos, que las Cortes de Cantalapiedra en 1400 facultaron a las viudas para que se casasen antes del año de luto".
-Mientras duró el Cisma de Occidente existía entre las gentes la creencia de que ningún alma se salvaría. A él alude un tanto angustiosamente el canciller Ayala en su "Rimado de Palacio".
-Los años de don Diego Anaya en Salamanca fueron años de las "emparedadas". Según Gil González de Ávila: "Y quede llano, para si alguno dudare, que Religion era esta de Emparedadas, sospechase no era Religion, ni Cartujas, como algunos piensan, sino gente que se recogía a bien vivir en Iglesias. Y averlas en muchas de Salamanca, se colige de un testamento que ... otorgó Sancho Diaz de Salamanca, en el año 1389, donde hace las mandas siguientes. Iten mando a los Emparedados, y Emparedadas de Salamanca con sus arrabales a cada uno dellos cinco maravedis. ...".
(cont.)

martes, 23 de diciembre de 2014

MARGINALIA (III)

Sobre la techumbre de par y nudillo de la Iglesia de San Nicolás de Bari de Sinovas (Burgos).
De los faldones de la techumbre (IV).


Escribía Lavado Paradinas al tratar de las "techumbres mudéjares burgalesas" del siglo XV: "El tema religioso es el menos frecuente en estos techos, ...". No es este el caso de la parte conservada en la iglesia de san Nicolás de Bari de Sinovas donde figuran la casi totalidad de la jerarquía eclesiástica desde Cristo con sus doce Apóstoles hasta el Papa, cardenales, obispos, clérigos y monjes. En una de las tablas del faldón izquierdo se ha representado un personaje, descalzo, vestido con una saya de anchas mangas cubierta en gran parte por  un manteo azul; tras su cabeza se halla un nimbo crucífero por lo que se trata de Jesucristo. En su mano izquierda lleva un objeto que podría ser un pan redondo o la bola del mundo; en el primer caso representaría a Jesucristo bendiciendo al partir el pan y en el segundo a Cristo "Salvador del mundo" ("Salvator Mundi"). De la llaga de su mano derecha brota la sangre al igual que corre por su frente; de su cuello cuelga una cruz.
En las tabicas que rodean a la anterior se encuentran reproducidos los Apóstoles; unos fáciles de reconocer por los atributos que portan o por la presencia de alguna inscripción y otros más difíciles de personificar al no estar muy caracterizados.
A San Pedro se le caracteriza como un santo -sobre su cabeza lleva el nimbo-, con tonsura, corta barba, cabello grisáceo, vestido con un manteo blanco y un hábito rojo. En sus manos soporta un libro -símbolo de sus Epístolas-, y dos largas llaves que aluden a la Iglesia y atributo característico suyo.
A la izquierda de la tabica donde se ha representado a Jesucristo figura un santo, con tonsura y nimbo, vestido con un manteo rojo sobre una saya oscura. Si bien no muestra ningún atributo específico se considera se trata de San Juan Evangelista pues suele representarse como joven e imberbe, y, como "discípulo amado", aparece con frecuencia a la izquierda de Cristo.
Santiago de la Vorágine en "La leyenda dorada" cuenta que san Bartolomé, tras liberar a la hija del rey Polimio del demonio le presentó encadenado al pueblo consiguiendo la conversión del rey y de muchos de sus súbditos. Junto a la tabica donde aparece san Pedro se ha representado a san Bartolomé vestido con un manteo blanco adornado con florecillas rojas y tocado con bonete. En sus manos lleva dos cuchillos -alusión a su martirio-, el libro -característico de los Apóstoles-, y el extremo de una cadena con la que sujeta al diablo; a éste se le muestra caracterizado como un animal con dos blancos cuernos, dientes acentuados, rabudo, y con sus patas traseras cubiertas por una faldilla de flecos que probablemente aparenten el vello del animal.
Las identificaciones iconográficas, casi 600 años después de ser realizadas las pinturas, no son fáciles ni aún tratándose de los Apóstoles. Así, para Mª Luisa Concejo, a Santiago el Menor se le identifica por una filacteria que sujeta con una mano y donde en letras góticas figura escrito "ZANTAJA".  Para Agustín Gómez en la tabica se ha representado a san Mateo "con filacteria con su nombre al revés", opinión que parece compartir Juan José Calzada, para el que San Mateo "Aquí sólo es reconocible por nosotros porque viene su nombre en la filacteria".  El santo -lleva nimbo-, y viste manteo azul sobre saya oscura.
Más fácil parece ser la identificación de san Pablo. Se cubre con un manteo negro y una saya roja y con sus manos sujeta una larga espada -símbolo de su martirio, pues se considera fue decapitado-, y el libro que caracteriza a los Apóstoles (si bien propiamente no lo fue se le asocia con frecuencia al colegio apostólico).
A santo Tomás -el apóstol incrédulo-, se le reconoce por el cinturón que lleva entre sus manos. Según la leyenda, como Tomás no creía en la resurrección de la Virgen, esta, mientras ascendía a los cielos dejó caer en sus manos su cinturón; de lo conocida que era esta tradición da cuenta lo frecuente de esta iconografía: así, p.e., en el Museo de Bellas Artes de Bilbao se conserva una tabla, realizada en fechas próximas a la decoración de la techumbre de San Nicolás de Bari de Sinovas, atribuida al taller aragonés de Blasco de Grañén que presenta el momento de la entrega del cinturón.
A veces los pintores no estaban muy versados en asuntos iconográficos -o no tenían cerca quien les asesorase-, y debían recurrir a pequeños matices para diferenciar a los santos. Es el caso de cuatro personajes representados en Sinovas, tres de ellos con manteos oscuros -quizás granate-, hábito grisáceo, nimbo y libro; muy probablemente aluden a san Felipe, San Judas Tadeo o Santiago el Menor, san Marcos y san Simón. Quizás, o las tablas se perdieron, o hubo algún despiste y se olvidaron de un Apóstol y de un Evangelista. A san Marcos se le identifica porque tras es él aparece escrito en tres fragmentos SAN-MAR-COS; a san Felipe porque, al igual que a san Juan, se le suele caracterizar como imberbe, y a  san Judas Tadeo o Santiago el Menor porque son los que faltan por identificar. San Simón lleva invertidos los colores de hábito y manteo, y una inscripción que hay tras él le identifica
A san Andrés se le describe con su atributo tradicional: la cruz en forma de aspa que sujeta entre sus manos. Viste manteo rojo sobre habito gris claro.
A Santiago el Mayor se le reconoce por la pequeña concha blanca que adorna su sombrero y por el bastón o báculo que sujeta con su mano derecha. Viste hábito gris y casulla anaranjada.
[Permítaseme un inciso. Convendría reclamar a la Junta de Castilla y León, y en particular a Patrimonio, una limpieza urgente de la techumbre; evitaría quizás su pérdida y permitiría a los turistas, y a los fieles, su correcta contemplación. En la composición adjunta hay quince años de separación entre las dos fotografías; se ve que recientemente alguien con buena intención ha intentado su limpieza consiguiendo retornar el color original, pero con desplazamiento de la tablilla].
En las pinturas de la techumbre de la iglesia de Sinovas figuran un gran número de mujeres -doce en un primer recuento-, que llevan una palma en la mano y se tocan con una corona. Escribía Emile Mâle que en las representaciones del Juicio final en las catedrales góticas francesas no falta la escena de los ángeles entregando las coronas a los elegidos a la entrada del cielo: "Los elegidos caminan, ..., vestidos con los mismos trajes que llevaron en este mundo; pero unos ángeles situados a la puerta del cielo se disponen a adornarles con una insignia real. Llevan coronas que colocan sobre la cabeza de cada uno de los que franquean el umbral. ... Una tradición tan constante no puede explicarse sino por un texto. Y, en efecto, leemos en el Apocalipsis: "Se fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida"". La palma es el símbolo de la mártir por excelencia.
Las imágenes de las mujeres con coronas sobre la cabeza y una palma en la mano en la techumbre de la iglesia de san Nicolás de Bari probablemente hagan alusión a santas que se consideran fueron vírgenes y mártires. Muy cerca de Sinovas existió un monasterio -derruido en el siglo XIX-, en cierta época cisterciense, a cuyo abad don Pedro le envió Fernando III en 1223 a Alemania; se desconoce con exactitud el motivo de su misión pero por una "Auténtica del arzobispo Engelberto de Colonia a don Pedro, abad cisterciense-morimundense del monasterio de San Pedro de Gumiel de Izán" se sabe que las primeras reliquias de las "Once mil Vírgenes" llegadas a España lo hicieron al monasterio, ahora desaparecido, y entonces situado cercano al término de Sinovas.
Dice así un fragmento de la "Auténtica" en traducción de Jaime Ferreiro: "Engilberto, Arzobispo por ordenación divina de la Santa Iglesia de Colonia, a todos los fieles cristianos a quienes el presente escrito fuere mostrado, ...Don Pedro, Abad de San Pedro de Gumiel de la Orden del Cister, varón diligente y venerable religioso, viniendo a la ciudad de Colonia por negocios del rey de Castilla y de su reino, y depositando toda su confianza en los merecimientos de los Santos, anduvo por muchas iglesias de nuestro Obispado. ... Y considerando con clarividente fe los beneficios inestimables de muchos de nuestros santos - principalmente de los tres Reyes Magos; de las Once mil Vírgenes, que confesando el nombre de Cristo fueron inmoladas por Atila; ...-, ...lleno de fe y por instancia nuestra, obtuvo de diferentes iglesias de nuestra diócesis ... reliquias de diversos santos. A saber: ... De la "iglesia de las Santas Vírgenes": reliquias de estas vírgenes y el cuerpo de una de ellas. ... Y así por el presente escrito, ..., damos testimonio de verdad acerca de las dichas reliquias que le fueron otorgadas al dicho Abad don Pedro, para que las lleve a su patria y la defiendan de los enemigos, y por ellas se dilate el culto y veneración de nuestros Santos, ...". El texto de esta "Auténtica", en latín, se conserva en un códice de la catedral de Burgo de Osma (diócesis a la que pertenecía Sinovas) -Cod. 142, fol 61v y 62r-, y una traducción en romance en el Archivo Histórico Nacional Sec. Clero-Gumiel, carp. 230, nº.19.
El arzobispo Engelberto debió perseverar en Cîteaux para que la veneración de las vírgenes de Colonia fuera reconocida y respetada en toda la Orden, y así el Capítulo General, en 1220, acordó la celebración el 21 de octubre de una fiesta anual conmemorativa de las Once mil Vírgenes. Manrique, en los "Anales Cistercienses" señala: "Desde entonces [desde el regreso del abad al monasterio] es célebre el sagrario de San Pedro [del monasterio de Gumiel de Izán], porque a pesar de los muchos fragmentos de reliquias, y no precisamente exiguos que se repartieron por toda España, continúa casi integro hasta hoy, verdaderamente inagotable e inagotado". Y Jaime Ferreiro añade: "De la importancia que tuvieron estas reliquias en el posterior desarrollo del monasterio de S. Pedro de Gumiel nos informa ... una carta de indulgencia [año 1345] encabezada por un arzobispo y once obispos, en virtud de la cual cada uno de ellos concedía cuarenta días de remisión de penas a aquellos que generosamente ofreciesen lámparas y ornamentos con destino al embellecimiento del templo de dicho monasterio, o a los que donaran o hicieran donar,... oro, plata, vestidos, libros, cálices o cualquiera otra cosa necesaria al monasterio, y extendía la misma gracia a todos los fieles que devotamente visitasen y honrasen las muchas reliquias, o les hicieran ofrendas". Parte de estos fragmentos se conservan en relicarios guardados en la iglesia parroquial de Gumiel de Izán -p.e. en la capilla del Baptisterio-, a donde se trasladaron en 1810 por miedo a que fueran dañados por los soldados franceses.
La historia de "Las Once mil vírgenes" se difundió por toda Europa con "La Leyenda Dorada" de Santiago de la Vorágine confeccionada entre 1263 y 1274. Su punto de partida es un texto latino -de finales del siglo IV o comienzos del V -, que aún se conserva en una lápida situada en la iglesia de Santa Úrsula de Colonia y conocido como la inscripción de Clematio: "... acuciado por ... las celestes vírgenes que así le instaban ... , Clematio, ... viniendo del Oriente ..., reedificó desde los cimientos, en el mismo lugar ... esta basílica ... este lugar donde las santas vírgenes derramaron su sangre en nombre de Cristo, ...". Al parecer Clematio había ido a Colonia con el objetivo de restaurar el santuario y renovar el culto de las santas mártires que, muy probablemente, había caído en el olvido. Se desconoce cuando tuvo lugar el martirio que cita la lápida; en el siglo X se le situaba durante la invasión de Atila con los hunos (434-453) y en la segunda mitad del XII en la época del emperador Maximino (235-238). En el siglo IX el silencio en que había caído el culto de estas vírgenes de Colonia desaparece al ser citadas en diversos documentos, aunque muchas de  las fuentes no indican ninguno de sus nombres (los primeros en aparecer son Saula y Marta); su número oscila entre once, dos o indeterminado. En el códice 45 de la catedral de Colonia, años 946 a 962, se alcanza el número de once: Martha, Saula, ... Pinnosa, Ursola, ..., Palladia, Saturia, y el calendario del Sacramental de Düsseldorf D2, del último cuarto del siglo X, reproduce en la fiesta del 21 de octubre los mismos nombres pero pone ya a Úrsula en primer lugar: "s. Hilarionis et sanctarum XI virg (inum) Ursulae ...".
En el siglo X el número de las once mil vírgenes se consolida relegando a las once, cuyos nombres, salvo Pinnosa y Úrsula, se pierden. Para Jaime Ferreiro "llama la atención la manera como aparece su número en las fuentes, no de una vez, sino en forma de adiciones sucesivas... Sobre los dos de Saula y Martha, ..., se irían añadiendo los otros nombres posteriores. Estas adiciones pueden haber surgido de equivocadas lecturas de inscripciones sepulcrales", pues no se debe olvidar que la basílica de Santa Úrsula en Colonia estaba construida sobre una necrópolis romana. ¿Cómo se produjo el paso de once a once mil?; se han supuesto ingeniosas hipótesis, si bien las dos más probables son las que apunta Ferreiro: "un mal entendido de la tradición escrita basada en el reducido número de once... desde la época romana había también el procedimiento de multiplicar un número por mil mediante una rayita encima. Esta costumbre siguió en práctica en la Edad Media, junto con otras formas, ..., Pero ... la raya sobre los números romanos no designaba tan sólo la multiplicación por mil, sino que servía también para destacar o distinguir dichos números con el objeto de no confundirlos con las letras contiguas" o asimismo "pudo tratarse también de una multiplicación consciente de las primitivas mártires con propósito deliberado: el incremento de poderío e influencia de los prelados de Colonia mediante la creación de un cuantioso depósito de reliquias. ... Pero trátese de una lectura errónea o de una consciente falsificación, el caso es que el número de las once mil fue bien recibido e interesadamente conservado".
Y continuaba Ferreiro: "... esta cifra fabulosa, una vez admitida y puesta en circulación, dio pie inmediato a la formación de la leyenda. El incentivo por conocer las circunstancias y particularidades del martirio, la procedencia de las vírgenes, su condición etcétera, irá haciendo surgir los elementos necesarios para su posterior y definitiva configuración". Juan Carlos Rojo sugiere que aunque desconocemos el autor o autores de las pinturas de la techumbre de la iglesia de san Nicolás de Bari debe buscarse en los monasterios de la época en los que se investigaba la perfección en el dibujo y la técnica en los colores. En ellos se conocía "la temática religiosa, mitológica y de leyendas populares y se intentan sacar conclusiones morales a la misma. Dada la galería de monjes que aparecen ... en las distintas tablas ... de esta techumbre sería tentador insinuar que fue ... a ellos a los que se debió dicha obra". Por eso tampoco nos debe extrañar que gran parte de los motivos religiosos reflejados en ellas aludan a  algunas de las reliquias conservadas en ellos y en particular en el desaparecido monasterio de San Pedro de Gumiel de Izán.
A partir del último tercio del siglo X Úrsula empezará a ser nombrada la primera entre las once mil vírgenes. Conocemos la "primera Passio Ursulae" por seis manuscritos escritos entre los siglos XI y XVII aunque su redacción sea algo anterior; dice así parte del relato según resumen recogido por Ferreiro: "En tiempos muy remotos hubo en Bretaña un rey piadoso cuyo nombre cayó en el olvido por la incuria de los años. Tenía el rey una hija llamada Úrsula conocida por su virtud y hermosura,... Pero un rey pagano muy poderoso, ..., la codició para dársela a un joven hijo suyo. Una negativa a la petición de un tirano tan prepotente hubiera significado la guerra. Y así Úrsula, por inspiración divina, aparentó aceptar la propuesta de matrimonio., con la condición de que se le otorgara un plazo de tres años, durante el cual su prometido se haría instruir en la fe cristiana. Por su parte Úrsula recibiría diez compañeras de su misma edad y nobleza, y cada una de ellas se presentaría con una nave y un séquito de mil doncellas. ...".
"... rumbo a Colonia, ... un ángel se le apareció de noche a Úrsula y le reveló el destino...: irían en peregrinación a Roma y de regreso recibirían el martirio en Colonia. ... Roma. Transcurridos algunos días rezando sobre la tumba de los Apóstoles ... y ... continuaron viaje a Colonia... La ciudad se encontraba ... asediada por los hunos, los cuales cayeron sobre ellas y las degollaron. Úrsula, sin sospechar nada de la matanza de sus compañeras, fue la última en saltar a tierra. El príncipe de los hunos al descubrirla quedó prendado de su belleza, pero cuando se vió rechazado en sus deseos ordenó que la derribaran con una flecha. Luego, ... los bárbaros ... creyeron ver once legiones de guerreros armados, y ... se dieron a la fuga. De esta manera, por el martirio de las vírgenes, los habitantes de Colonia se vieron libres de asedio, y al salir fuera de la ciudad encontraron los cuerpos de las santas y les dieron piadosa sepultura". Así, hacia 975, recibieron las mártires de Colonia encabezadas por Úrsula su primera leyenda.
La construcción de un nuevo foso de protección de la ciudad de Colonia en el año 1106 sacó a la luz cerca de las iglesias de San Cuniberto y Santa Úrsula una necrópolis de época romana. Al descubrirse un gran número de sepulcros en la proximidad de estas iglesias rápidamente se las relacionó con las tumbas de las vírgenes seguidoras de Santa Úrsula, a pesar de que también aparecieron muchos restos mortales de hombres y de niños. Escribe Ferreiro: "La fantasía, en estrecha colaboración con el interés económico-religioso de Colonia, se pondrá inmediatamente a la tarea de reestructurar la leyenda, para dar cabida en ella a este nuevo y vasto caudal de reliquias. La exportación de reliquias era entonces, y lo siguió siendo aún durante siglos uno de los medios para anudar relaciones entre ciudades y pueblos, así como para asegurar cierta preponderancia frente a los demás. ... Y efectivamente, desde Colonia salieron ... innumerables reliquias de estas vírgenes e incluso cuerpos enteros (integra corpora)".
Un monje del monasterio de Waulsort cuenta que en el informe de una "traslatio" a su monasterio se habla de las visiones que tuvieron los encargados de desenterrar los cuerpos cuando las exhumaciones de 1106; se les aparecieron dos mujeres que les dijeron "Nosotros somos de la sociedad de las once mil vírgenes que a nuestro alrededor reposan, y os anunciaremos que pronto vais a encontrar a nuestro conductor el obispo, que en medio de nosotras está enterrado". Y así ocurrió: junto a las reliquias de ellas aparecieron las de un varón, al que se le señala el papel de conductor y Obispo. A partir de 1106 se suceden los encuentros de supuestas reliquias de las once mil vírgenes. En un manuscrito que contiene las "Revelationes titulorum vel nominum sanctorum martirum et sanctarum virginum" preparado por un tal Teodorico para la abadía benedictina de Deutz cercana a Colonia señala que con las vírgenes venidas a Colonia para sufrir martirio, no sólo se encontraban varones, sino que entre ellos había incluso un Papa y otros representantes del estado eclesiástico (cardenales, obispos y capellanes) y seglar (reyes y duques). Mediante "falsas inscripciones en las lápidas sepulcrales la historia de las mártires fue ampliada y adornada hasta los límites más fantásticos y peregrinos" (Ferreiro). Elisabeth de Schönau con su libro de revelaciones, "Liber revelationum de sacro exercitu virginum Coloniensium", añadió junto a Úrsula una multitud e adultos y adolescentes procedentes de la aristocracia, tanto religiosa como seglar, que había ido a la muerte a fin de ganar la palma del martirio; su texto tuvo un éxito extraordinario: era la época de la poesía heroica y de las Cruzadas. Una "mezcla de la "Passio" y de las "Revelaciones" pasaría al "Speculum historiale" de Vicente de Beauvais y de aquí a "La Leyenda dorada" dos de los textos más conocidos y más influyentes de la Edad Media.
[Se adjunta fotografía de un fragmento de unas tablas sobre la leyenda de Santa Úrsula realizadas hacia 1440 y que se conservan en el Museo Wallraf_Richartz de Colonia]
El poder milagroso, mágico, prodigioso, de los restos mortales de los santos se mostraba en forma aleccionadora a los fieles, en su mayoría analfabetos, mediante los sermones y las representaciones pictóricas (o escultóricas) de los milagros que habían producido. Por eso no debe extrañar que en la proximidad de donde hubo reliquias existiese la pertinente representación pictórica; es probablemente el caso de la decoración conservada de la techumbre de la iglesia de san Nicolás de Bari cercana al monasterio de San Pedro de Gumiel de Izán, primer lugar de España que tuvo reliquias -traídas por su abad Don Pedro-, de las "Once mil vírgenes" que acompañaron a santa Úrsula, según la leyenda, al martirio.
BIBLIOGRAFIA.
-Juan Gabriel Abad Zapatero y José Arranz Arranz, "Las Iglesias de Aranda", Burgos 1989.
-Juan José Calzada, "Iconografía en el artesonado mudéjar de Sinovas " (Aranda de Duero), Burgos 2009.
-Jean Chevalier, "Diccionario de los símbolos·, Barcelona 1993.
-Mª Luisa Concejo Díez, "El arte mudéjar en Burgos y su provincia" (tesis doctoral), Madrid 1999.
-Jaime Ferreiro Alemparte, "La leyenda de las once mil vírgenes", Murcia 1991.
-Agustín Gómez Gómez, "La techumbre mudejar de Sinovas", en "Biblioteca 17. Estudio e Investigación", Aranda de Duero 2002.
-Pedro Lavado Paradinas, "Techumbres mudéjares inéditas en Burgos", B.A.E.O., Madrid 1978.
-Emile Mâle, "El gótico.La iconografía de la Edad Media y sus fuentes", Madrid 1986.
-Louis Réau, "Iconografía del arte cristiano. Iconografía de los santos", Barcelona 1997.
-Juan Carlos Rojo Aceña, "Techumbre de la iglesia de San Nicolás en el barrio de Sinovas", en "Biblioteca 3. Estudio e Investigación", Aranda de Duero 1988.
-Silverio Velasco Pérez, "Aranda. Memorias de mi Villa y de mi Parroquia", Madrid 1925.
-Santiago de la Vorágine, "La leyenda dorada", Madrid 2008.
-Joaquín Yarza Luaces, "Problemas iconográficos de la techumbre de la catedral de Teruel", en "El artesonado de la catedral de Teruel", Zaragoza 1981.
NOTAS.
-A pesar de la Bibliografía aportada para la construcción del "post", la idea de que  muchas de las imágenes que se conservan en la techumbre de Sinovas corresponden a la leyenda de "Santa Úrsula y las once mil vírgenes" es una opinión puramente personal por lo que no tiene más valor que eso y no la he visto formulada en lugar alguno. Además, la decoración de las tablas de los faldones presenta también imágenes de otros asuntos religiosos como son las de Cristo y el Colegio Apostólico; llama la atención la abundante presencia de la alta jerarquía clerical -al menos 9 obispos y 10 cardenales-, y de la que no he sido capaz de encontrar explicación.
-Jaime Ferreiro escribía en el prólogo de su libro: " ... las reliquias, por su fragmentabilidad casi ilimitada, asumieron a lo largo de la Edad Media, ..., una especie de función bancaria semejante a la de nuestras divisas actuales", y añadía "...se comprenderá pronto su significación socioeconómica. Los templos y monasterios eran tanto más ricos cuantas más reliquias atesoraban. Los analistas e historiógrafos eclesiásticos de los siglos XVI y XVII, lo primero que reseñan al describir las iglesias son las reliquias depositadas en bustos o hermas o en otros relicarios llamados también lipsanotecas o hierotecas".